‘Por ahí van los tiros’ supone la vuelta del grupo La Jvnta con una nueva formación, nuevo sello, pero manteniendo la esencia de su sonido y su identidad
Pasando San Jerónimo (Sevilla) hay una columna de humo cada vez más oscura y alta. «¿La ves? Pues síguela y nos encontrarás: es que se me ha quemado el ampli», bromea Mugre (Mario Rodríguez) al otro lado del teléfono. El carril es estrecho y de una sola dirección, pero Mugre se las ingenia para dar marcha atrás hasta la ubicación: «¡Ven, síguenos!».
El grupo acaba de renovar y reorganizar el local: «Ahora cabemos todos, incluso alguien sentado a un lado, esto antes era para verlo…», confiesa Ismael Prieto, nuevo batería de La Jvnta. Con él se podría decir que empezó todo. O volvió a empezar, mejor dicho. Porque entre 2023 y 2024 los antiguos integrantes de La Jvnta tomaron caminos diversos. Mugre, no obstante, tenía algunas letras escritas, algunas canciones que no quería dejar atrás, así que no dejaba de rumiar la idea de volver. Lo que no sabía era cómo y con quién.
El culpable de que la chispa prendiera fue Quintin Vargas. El artista sevillano llamó a Mugre y Prieto para formar parte de sus nuevos Zíngaros y ahí surgió la conexión: «Nos compenetramos muy bien tocando con Quentin Gas», confirma Ismael. «Ahí empezó todo: veníamos aquí a frikear los temas, a darnos cabezazos improvisando entre los dos. La cara A es realmente el resultado de eso». De hecho, de esa cara A (‘Baile de la reyerta’, ‘Me hicieron irme’, ‘El meneíto de ella’, ‘Nomeolvides’ y ‘Nunca pasó’) empezó a componerse «a cachitos» entre ensayo y ensayo de Quentin Gas: «Él tocaba algo y yo le seguía con el bajo. Si estaba guay, lo grababa con el móvil y luego veníamos al local a ensayar», admite Mugre quien, al final, terminaría firmando una colaboración con Quintín para este disco.
Se podría decir que el local está en medio de la nada y que es el espacio justo para que cada uno ocupe con cierta holgura una esquina, pero sí que se nota el lavado de cara: unas telas recubren las paredes, generando una atmósfera cálida. Y hay unas estanterías y repisas donde está todo el aparataje y cableado. Frente a ellas está Álvaro Morato, guitarrista principal de La Jvnta, probando su nueva pedalera. «Aquí está Álvaro», explica Ismael, señalándole, «ha tenido que invertir lo que tiene en una pedalera nueva y, nada, ya os contará con más detalle en un podcast que hará sobre ella porque, claro, de tanto informarse sobre cómo usarla se va a hacer un experto en ella», bromea, haciendo reír a los demás.
El humor forma parte de La Jvnta. Tanto como la política, o la literatura, o el activismo. A veces es explícito, pero es básicamente troncal: no se puede entender el grupo sin alguno de estos elementos. De hecho, el nombre viene de una coña interna de la antigua formación: Juanma Moreno, el actual Presidente de la Junta de Andalucía, decidió cambiar la identidad visual de la institución justo cuando la banda buscaba nombre. Mugre, que es diseñador gráfico de formación, tomó la revancha acuñando La Jvnta para su grupo. Y, así, en cierto modo, se cerró el círculo. «Eso limita un montón al grupo, lo admito», afirma Mugre.«Metafóricamente hablando, tenemos un brazalete rojo y el puño en alto. Estoy convencido de que eso nos ha costado bolos. Es como si la Casa Blanca hiciera un sarao y llamase a los Dead Kennedys. Por mucho que nos pongamos poperos y accesibles, va a haber eso de «esta gente tiene un tufillo de izquierdas». ¡Pero, claro! Es que uno de nuestros referentes son los Clash, por lo políticos que eran… Siempre nos fijamos en grupos que dicen cosas socialmente relevantes en sus letras».
Para que la Jvnta terminara de volver aún faltaban dos capítulos por cerrar. El primero vendría de la mano de Ismael, que compartía piso con Álvaro Morato y no dejaba de insistir a Mario en que lo fichase: «Él estaba en búsqueda activa de guitarrista», apunta el batería. «Y yo le aconsejé que metiéramos a Álvaro, porque sé que es un buen guitarrista y que le podría encajar». Así fue. Con la llegada de Álvaro, Mugre e Ismael empezaron a ver cómo esos temas que sonaban vacíos, ganaban color, textura y profundidad.
—De hecho —matiza Álvaro—, Ismael me dijo: «Estoy tocando con un notas que hace temas súper Vetusta Morla» —, rememora, ante la risa de los compañeros.
—¿Que yo dije eso? Bueno, en realidad sí que lo podría haber dicho —contesta Prieto.
—Yo sigo sin verlo, el que no conoce a Sonic Youth a cualquier santo le reza.
La cuestión es que, llegado el punto, fueron a grabar esas canciones con Miguel Otero, miembro de la primera formación y también de la segunda, pero ya fuera de los escenarios: tan solo como productor e incluso como guía espiritual del grupo. «Es miembro de pleno derecho», corrobora Ismael, «solo que no está en los directos. Es el que hace que sonemos como sonamos. El rumbo del sonido es por su oído y por sus «illo, po en verdad esto habría que hacerlo mejó así».
Mugre no se aguanta la risa. A Miguel Otero le conoce su círculo cercano como Gafa. El Gafis, Gafismo ilustrado, el Gafista. Son apelativos cariñosos que Mugre y los suyos van soltando alegremente por ahí, para dar a entender que la producción de Otero es más que un arreglo de ingeniería, pues la suya no es una simple función técnica. No: es alguien que aporta visión y que pone en la mano del grupo todo su conocimiento y tecnología para conseguir un sonido idiosincrásico para la banda. «Hay un montón de sintes y melodías principales, como en el tema que cierra el disco (‘Guadalquivir Rojo’), compuestas por Miguel».
«El nombre del disco, de hecho, es una frase típica de Miguel», aclara Adriana Puentes, violinista y sintes en La Jvnta. Su entrada en el grupo vino dado, también, por la casualidad y la necesidad. Mugre y Adri se conocieron en un Wave Sevilla: Adri necesitaba diseñador y le propuso el cartel a Mugre. A su vez, el bajista y compositor estaba con la grabaciones y regrabaciones. La cara A parecía empezar a tomar forma, sobre todo tras el trabajo de Raquel Pavón: «No quiero dejar de mencionar su nombre porque le estamos eternamente agradecidos», apostilla Mugre. «Vino al estudio con la cara A ya grabada y metió violines y violas y aquello sonaba a la Filarmónica de Londres. Gracias a ella, sonó de tal manera que dijimos: ¡por aquí van los tiros! No podíamos no tener una violinista en el grupo, después de su trabajo».
Ahí fue cuando entró Adriana con su violín. Aunque ella venía de tener otra experiencia con sus anteriores bandas, algunas de ellas mas amateurs, menos ambiciosas en lo creativo. Así que cuando llegó al local, Adri se encontró con todo un reto: «Tenía un violín sin amplificador ni pedalera, que ahora sí lo puedo ecualizar y meter más chicha… Pero no podía competir en sonido con ese bajo y esa batería, fue todo un reto».
—Y el ensayo de prueba, ¿cómo fue? Cuéntalo —dice Mugre.
—Buf. Fue con ‘La Hoz’ —ríe Adriana—. Me dijeron que era un «temita que estaban cerrando» y que a ver qué se me ocurría. No es un tema fácil, rítmica y armónicamente, ¡me agobié!
—Y, sin embargo, lo primero que salió fue lo que se acabó grabando. Bueno, «variaciones de», en realidad.
—Quería encontrar mi espacio, mi hueco. Fue un proceso lento, partiendo de la base de que hay pocos referentes. Los hay, pero son pocos. Es un poco como inventarte tu sonido desde cero.
¿Y cómo encajaron estos nuevos integrantes en una rueda que ya estaba en movimiento y que, de hecho, ya tenía muchas cosas grabadas? Según Álvaro, los nuevos integrantes han «popeado» La Jvnta. «Ya veníamos encaminados a eso», responde Mugre. «En realidad, siempre he querido hacer algo que no estuviera tan encajonado, porque la primera Jvnta era demasiado experimental post punk para el jazz y demasiado jazzero para lo indie. Seguimos un poco ahí, pero creo que más digerible».
El cuarto de ensayo es pequeño, pero la expectación y la ilusión son enormes. «Estamos muy motivados», confiesa Adri. «Hemos tenido la suerte de que algunos temas han salido en listas potentes, algo que no había pasado en ningún proyecto en que yo haya estado… Así que tengo muchas ganas de tocar, de salir, de hacer bolos». La experiencia hace que Mugre sea un poco más conservador: «Yo me llevé un chasco en el primer bolo de La Jvnta, pensaba que la reacción del público sería más “wow, qué raro, qué guay, qué bailongo”. Todo el mundo cuando monta un proyecto piensa “mi bebé es bonito”», argumenta.
«La intención no fue hacer algo muy accesible, pero al final quería tirar por temas como ‘De camino al trabajo’. Hay que tener esa actitud de somos un grupo de rock y tocamos, y no la de somos cuatro puretas aquí metidos haciendo música de puretas». Y esa es la esencia de esta nueva Jvnta: hacer temas gafistas, sí, pero con espíritu pop y dentada antifascista. Hablar de política de la belleza y viceversa: «Hubo una época de transición», explica Mugre. «Tiene el mismo ADN, pero otro rollo, eso se refleja muy bien en las dos caras del álbum».
El disco ‘Por ahí van los tiros’ es un rara avis hoy en día: por cómo se ha producido y grabado, por cómo se configuran las canciones, porque se atreve a ser político desde lo lírico y bailongo con miraditas al alt-rock. Además, el vinilo ha tenido un proceso de grabacióin único, con un diseño hecho a mano, lo que da a entender no solo lo que significan estas canciones para el grupo, sino el mimo con el que cuidan su arte. «A mí me llamó mucho la atención que este era un proyecto serio», afirma Adri. «Venía de proyectos donde no se trabajaba en la misma dirección, a veces es complicado que salgan adelante. Aquí iban en serio, querían sacar un disco, y hacerlo bien. Eso ayuda. Luego, la música: cuando me enseñaron las canciones me fliparon».
Ismael fue el primero en llegar y al principio sintió que se metía en arenas movedizas. «Venía con pies de plomo, claro. A ver qué sale, a ver qué me encuentro. Viendo cómo caminaba el soniquete, cómo nos entendíamos, cómo íbamos cumpliendo objetivos y metas que ni siquiera teníamos…. Me motivaba todo eso. Las cosas iban poco a poco, pero hemos ido en volandas y no me esperaba un resultado así».
—Somos un grupo que tiene buena relación humana. En todos los proyectos hay vicisitudes, cuantas más responsabilidades hay. A veces se tensan las cosas, pero Ismael y yo vivimos juntos y nos conocemos, lo hablamos todo.
—Antes de hacer la asociación y de meternos en Calaverita, ya habíamos construido una relación. Hay muy buen rollo. Además, ¡la manera de complicarse de Mugre tocando el bajo engancha! —ríe Ismael.
— Es como ver un accidente, no puedes apartar la vista.
¿Cómo llega Calaverita Records a formar parte del proceso, con media cara del disco por terminar y aún sin conocer a la nueva formación? «Fue gracias a Tali Carreto», confirma Mugre. «Nos pilló en bragas, con la cara A ya grabada y mezclada. A Tali le encantó y nos puso en contacto con ellos». Según explica Prieto, la cara A «la usamos principalmente para buscar sellos, para ver quién quería apostar por nosotros. Ahí entró Tali y nos ayudó».
—Luego coincidió que fuimos a tocar a Madrid y vinieron a vernos y les gustó lo que vieron.
—Te digo una cosa —interrumpe Prieto—, si les gustamos en Madrid, ya les vamos a gustar siempre, porque tal y como sonamos en Madrid no va a tener nada que ver a cómo sonamos ahora —ríe, junto a sus compañeros.
El grupo ha cambiado mucho, por supuesto, en el camino de grabación del disco. Obviamente, el corazón compositivo de La Jvnta es Mugre, pero la puerta está abierta a cualquier de los componentes que, de momento, asumen el reto de sumar al proyecto desde sus instrumentos, pero que ven en la comodidad de ese encaje una posibilidad para arrimar versos y melodías en próximas composiciones. «La mente pensante es Mugre», sentencia Prieto.
—Es quien trae las letras. Todos estamos abiertos a traerlas, pero las suele traer él. Y como le dan igual los acentos a mi compadre, ¡pues así puede componer lo que sea!
Prieto hace referencia a la forma de entonar de Mario en el cante, transformando muchas palabras en llanas. «Tenemos una guerra abierta porque pongo el acento en sílabas que no son la fuerte, según me convenga para la métrica de la melodía», explica el bajista. Esto, por supuesto, también tiene una intencionalidad creativa. Para Mugre, detallista obsesivo, La Jvnta también debía tener un acento propio, una forma única de entonar las canciones. «Hay un montón de ejemplos de canciones súper conocidas. Uno de los grandes objetivos es cantar con idioma propio, tengo mis referentes, claro, la cosa es no parecer impostado. Hasta que no tuve 32 años no canté en español, por lo que La Jvnta para mí es un descubrimiento».
Su compañero le responde: «Se han alineado los astros. Aunque tenemos bagajes diferentes, tenemos nexos en común que son importantes. Somos bastantes creativos, pero como él traía el proyecto, el resto hemos trabajado para las canciones. Yo venía de estar un tiempo sin proyecto, estaba centrado en la producción, así que tener la oportunidad de tocar fue un alivio hacerlo para las canciones de otra persona, encontrar mi sitio ahí, donde he aprendido mucho».
Dentro de esa cuestión identitaria de La Jvnta, no solo sónica, melódica y lírica, también está la simbólica. Los valores y pensamientos relacionados a cuestiones sociales que aparecen más o menos implícitos en sus letras y del todo explícitos en su discurso como banda: «A veces es complicado hacer llegar un proyecto así», reflexiona Morato. «A nivel político hay que saber usar la belleza, porque es importante para hacer llegar los mensajes y conectar con las emociones de las personas».
Para Mugre, hay canciones que hablan de amor o desamor, pero que a su vez tienen un revés político. «Lo personal es político y eso te abre una nueva forma de mirarlo. No pretendemos hacer propaganda, pero sí es una banda política y eso limita lo que podamos andar. Es un equilibrio que tendremos que buscar entre los cuatro, sin rebajar el mensaje. Con qué belleza expresamos algo para que la gente no piense que todo es política, como sucede con otras canciones. Uno nunca sabe hasta qué punto lo que está haciendo influye a una, ninguna, cien o mil personas».
—Como único letrista es una responsabilidad con todo lo que está pasando, ¿y me voy a poner a escribir de qué?
—Se puede escribir de todo: de amor, de penas… pero todo es compatible —responde Morato.
—¡Eso lo puede hacer la IA por ti! —dice Mugre y ríen sus compañeros — Mira, ese es un buen resumen para definir lo que hace La Jvnta: seguir haciendo algo en la época de la IA que no pueda sustituir la IA.
Ahora toca llevar todo eso al directo. Para empezar, el día 15 de octubre presentarán el disco en la sala Malandar. «Hemos tenido que trabajar muchas texturas de guitarras y de violines», confirma Prieto. «La batería y el bajo suelen ser elementos fáciles de mantener, pero Adri y yo hemos tenido que ver cómo nos guisamos las papas para defender un sonido que, sin necesidad de sonar igual que en el disco, no sientas que le faltan cosas», apostilla Morato. «¡Ha sido el año de los pedidos a Thomann!», bromea Mugre.
El plan para Ismael está muy claro, quien tenga dudas, que escuche el vinilo: «Suena que te cagas. Y luego te vienes al directo, porque hay una energía de la hostia. Es un buen directo de un buen vinilo». Mugre retoma al quite: «Es que el directo está producido como si fuera un disco, es más atlético, más básico» y Prieto le responde: «No es más básico, pero queríamos evitar un ordenador lanzando secuencias».
—Está basado en los grandes grupos de rock de los 80. Es una negociación entre el ideal kantiano de lo que es la grabación del disco y…—¡Ya salió el ideal kantiano! Ni una entrevista sin sacar el ideal kantiano.—¡Me es imposible no sacarlo! No intentamos con el directo que suene igual que el disco. Sino que digan «qué directazo» y que piensen «estoy en otra década».
—El directo tiene un porcentaje de rock mucho más alto que el disco.
Al final, la columna de humo cesa y el mismo carril que va de ida, viene de vuelta. El grupo se queda ensayando hasta tarde. Hay compromiso, hay ganas. Puede que sea premonitorio, no como algo malo, sino más bien simbólico, metafórico: esa cantidad de energía va a prender algo. Y, al final, si que va a salir humo, pero no de ningún ampli, sino de los pies de la gente.