El patrimonio emocional de la insurrección

El Último de la Fila, en su gira de vuelta a los escenarios, congrega a más de 63.000 personas en el Estadio de la Cartuja en una noche que prepararon a conciencia para no dejarle espacio a la nostalgia

Vicente tiene entre seis y ocho años y no parece muy convencido de estar allí. Hace un calor terrible en la Cartuja justo cuando afuera empezaba a refrescar. El estadio está a rebosar: a su izquierda hay una masa de gente, cada uno buscando su asiento. A su derecha, igual. Abajo, a la pista le quedan muy pocos espacios para llenarse del todo. A su lado está su padre. No se ha sentado desde que ha llegado. Parece nervioso, inquieto. De vez en cuando le da una palmada a su hijo, como diciendo: ¿Pero tú te das cuenta de lo que está a punto de pasar? Viendo la escena podría parecer que Vicente ha venido un poco a regañadientes, como si sus padres no tuvieran con quien dejarle.

Son casi las 22.30h de un tórrido sábado de junio en Sevilla y quienes han llegado hasta aquí —hasta este sitio, a esta hora— han tenido que sudar lo suyo. Porque Sevilla no solo está de concierto multitudinario: también es el Día del Orgullo y hay en la capital hispalense un ambiente de alegría, de tumulto, de celebración. Razón por la cual la ciudad atardece [cómo no] colapsada a ambas orillas del río. Empieza a ser tradición —y como tal, esperamos que los sevillanos la conserven a futuro— que la ciudad se vuelva intransitable por acumulación de grandes eventos. De un tiempo a esta parte, entrar o salir de la Cartuja cuando hay uno o varios conciertos (o partidos de fútbol) se convierte en toda una odisea. 

Así que llegar hasta aquí, con este calor, y aún tener fuerzas y energías para bailar es síntoma de algo. Algo bueno, muy bueno. Algo que se siente en la piel cuando grita histérico el público cada vez que alguien del staff se sube al escenario, confundiéndose con los músicos. Desde la grada, cuando el público grita, Vicente senior agudiza la vista —¿qué ven tus ojos de elfo?, parece pensar—, aunque a esta distancia cualquier persona sobre las tablas parece un muñeco de Lego. 

De pronto todo se oscurece y Vicente ya no puede ver lo que sucede, pero lo intuye: Manolo García, Quimi Portet y compañía aparecen por las pantallas mientras suenan los primeros acordes de ‘Huesos’. Antes de que el ritmo siquiera lo permita [o lo insinúe], Vicente junior ya está de pie bailando junto a su padre, los dos hambrientos de música. En el escenario, junto a García y Portet, están Antonio Fidel (bajo), Josep Lluís Pérez (guitarra eléctrica), Pedro Javier González (guitarra española), Ángel Celada (batería), Juan Carlos García (teclados, percusiones) e Irene Miller y Eva Reina a los coros.

A lo largo de la noche, Portet y García harán un recorrido por su cancionero evitando la autopista de la nostalgia. Puede que [en estos tiempos atípicos] ese sea el camino más corto, pero a ellos —que irónicamente empezaron llamándose Los Rápidos—, nunca les han gustado los atajos. Era conveniente, por tanto, empezar la noche con dos temas de Los Burros: ‘Huesos‘ y ‘Conflicto armado’ suenan como una reivindicación no de quienes fueron, sino de cómo han llegado hasta aquí, hasta esta noche: por el camino más lento, largo y raro posible.

Vicente padre sigue en pie, dispuesto a llegar invicto al final de la noche, como si hubiera alguien vigilando dispuesto a juzgarle si no baila, si no suda lo suficiente: no lo diste todo cuando podías haberlo hecho, no serás tan fan. Suenan ‘Querida milagros’, ‘Mi patria en mis zapatos’ y ‘Sin llaves’ y Vicente junior se toma un descanso. El Último de la Fila suena como si nunca se hubiera ido, como si hubieran estado llenando estadios durante los últimos treinta años, día tras día, noche tras noche. No vuelven a las canciones para resucitarlas como lo que fueron, sino como quien tiene un recuerdo de ellas algo borroso y desvirtuado y es eso precisamente lo que le gusta: estas son las canciones ahora, tras el paso del tiempo, y a ellas también les sientan bien las arrugas y las canas.

De un salto, Vicente junior vuelve a la carga con ‘Aviones Plateados’, uno de esos temas que mejor retratan a El Último de la Fila como lo que es: un patrimonio emocional que se preserva no con espíritu de museo, con ánimo de memorabilia, sino como algo vivo que hay que alimentar y cuidar. Un animal, musical y extemporáneo, que se extinguiría de no ser por las 63.000 personas que están hoy en la Cartuja, entre otros tantos miles más en todo el país. 

Tras ‘El loco de la calle’ y ‘No me acostumbro’, Portet coge el micrófono para agradecer al público andaluz su presencia esta noche. Cuando éramos más jóvenes y estábamos empezando, Manolo despedía los conciertos con una frase que me encantaba y que tiene más sentido que nunca esta noche: ‘Muchas gracias y… ¡multiplicaos!, rememora el guitarrista, resumiendo el fenómeno que acontece esta noche en la Cartuja.

Entre los aplausos del público, la banda se lanza a por los compases de ‘Dios de la lluvia’. Una corriente eléctrica recorre el cuerpo de Vicente senior, que agarra al hijo enérgicamente, quien sabe si con intención de pasarle el calambrazo. Ambos se dejan llevar por el ritual espasmódico del baile. ‘Dios de la lluvia’ cae sobre los presentes con la firmeza de esos temas que no se escriben para gustar, ni para sonar en las radios, y que precisamente por eso terminan triunfando

Soy un accidente’, ‘La piedra redonda’ y ‘Mar antiguo’ encauzan el concierto hacia ese terreno emocional de El Último de la Fila donde los fans se sienten cómodos. Un lugar conocido que les invita, por un momento fugaz, a entregarse a la nostalgia. Una ilusión que se desvanece rápido, en cuanto Manolo y Quimi rescatan del olvido ‘Disneylandia’. Los primeros acordes dejan en fuera de juego a la mitad del estadio: Los Burros vuelven a estar sobre el escenario y a más de uno le pilla de sorpresa, mascando letra para disimular. Yo pensaba que ni siquiera ellos se acordaban ya de esta canción, dice alguien en la grada. Y esa es la gracia de todo este tinglao: no se trataba de armar un revival para recrearse con las luces brillantes e hipnóticas del pasado, sino de mantener vivo el espíritu insurrecto de El Último de la Fila en el presente. De hacer, de nuevo, lo que les dé la gana: y ya si acaso que lo disfrute el resto. Pero primero lo disfrutan ellos.

Vicente también se sabe ‘Disneylandia’, aunque aminora el baile porque hay que reservar energías. ‘Cuando el mar te tenga’, ‘El que canta su mal espanta’, ‘Canta por mí’… El Último de la Fila vuelve a la cordura, que no a lo fácil. Hay que alimentar a la bestia y que nos sobreviva a todos. Los himnos ya no les pertenecen, son de otros: de las radios, de quienes los versionan, de los tributos, del último tramo de los pubs y discotecas antes de que cierren. El resto de canciones hay que mantenerlas, pasarlas a otras generaciones.

Tras ‘Llanto de pasión’ sube sobre las tablas Sara García. Con disimulo, la artista se suma a los teclados de ‘Lápiz tinta’ y la cámara empieza a enfocarla tímidamente, anticipando la sorpresa de que sea ella quien se una con la guitarra a ‘Sara’, precisamente. La canción reverbera en las gargantas del público con el eco del tiempo: ha pasado décadas ahí, entre el pecho y la boca, y así se ha transmitido de generación en generación, en el ritual alegre y ceremonioso de contagiar a otros con las letras de El Último de la Fila.

Puede que sea simbólico, pero el hecho de que Sara García esté acompañando a su padre dice más del público que de ellos como banda. De lo que significan estas canciones cuando se transmitan de unos a otros, alimentando así al animal para que nos sobreviva. Y eso es lo que transmite Sara con su guitarra, quizás una de las notas más brillantes de la noche pues, a pesar de su timidez gestual, la guitarrista deja varios momentos de calidad sobre las tablas. Mientras tanto, en las gradas Vicente parece mantener una competición ya no con el público, sino con el propio García: a ver quién canta más, quién baila más, está a un paso de lanzarse él contra las primeras filas, como hace Manolo con ‘Lejos de las leyes de los hombres’, pero por momentos duda: vamos a dejar que disfrute él también, parece pensar. 

Aferrado a las primeras filas, Manolo brinca como si tuviera veinte años. Quizás los tenga, quién sabe: ellos son así, unos cachondos a los que les gustaba disfrazarse y hacer el cafre en el escenario. Sería tan estrafalario como lógico que durante todo este tiempo hayan creado la ilusión de que envejecían por fuera, maquillándose, para que al terminar el concierto se quitaran la máscara y desvelaran la broma: que noooo, que somos inmortales. Otra cosa sería más rara a estas alturas.

Sonreíd, porque esto se está grabando, ya tenéis regalo para Navidad, dice Manolo y en las gradas Vicente senior y Vicente junior se cruzan una mirada emocionada, no sabemos si porque alguien va a grabar este baile maratoniano y van a tener pruebas de ello, o porque ya no tienen que comerse la cabeza con el regalo de Reyes.  A los bises llegamos con ‘Dulces sueños’ y sobre las pantallas se proyectan trozos de vídeos de entrevistas y conciertos y el público abandona la fantasía: vale, puede que no sean eternos, pero se les da genial hacer como que sí. Manolo vuelve a la carga con ‘Ya no danzo al son de los hombres’ y Vicente padre, que no se ha sentado durante el descanso, reactiva su baile dando palmadas en el hombro a su hijo: venga, ¿no ves que hay que bailar?

Los ángeles no tienen hélices’ son la antesala de los verdaderos bises, los que todo el mundo espera: ‘Como un burro amarrado en la puerta del baile’ e ‘Insurrección’, porque a estas alturas de la vida a uno le gustan las sorpresas, pero tampoco hay que pasarse. O eso nos quieren hacer creer, porque Manolo nos incita a pedir más: ¿Queréis otra? Si queréis otra solo tenéis que decirlo. Venga, va, incita el catalán, antes de lanzarse a por ‘El rey’, una de sus debilidades para cerrar los conciertos, tanto con El Último como en solitario. Y funciona: porque invita a la celebración, a soltar un suspiro de alivio, porque a Vicente senior también parece gustarle.

El concierto termina de forma abrupta y anticlimática, lo cual no es malo, porque es esa brusquedad que se esconde en la familiaridad y la confianza de las reuniones entre amigos, como quien anuncia el final de una quedada: bueno, habrá que ir yéndose, que esta gente querrá acostarse. Y con ese ánimo Manolo pasa el micro a Ángel Celada, el batería, para que se cante una jota (‘A la cárcel de pamplona’) a capela. Pero, tras una noche así, no podían dejarlo ahí, así que Portet y él salen de nuevo a las tablas para retomar ‘Mar antiguo’ a dúo, en acústico. Tras el tema, Manolo sale a despedirse, ya sin músicos, escapándose entre bambalinas imitando a Chiquito de la Calzada, la última imagen que capturan las pantallas antes de apagarse.

Así suceden las cosas con El Último de la Fila, porque así sucedían entonces: raras, emocionantes, sorpresivas, vibrantes. Y así es como querían ellos volver, no con un efecto de nostalgia, sino dando un golpe en el presente; para que en un futuro nos acordemos de esta noche como algo único e irrepetible y no como un recital autocomplaciente hecho por y para los fans. Es importante hacerlo así, para que continúe el relevo generacional de preservar el patrimonio emocional de la insurrección. Mientras haya Vicentes que lo alimenten, lo bailen y lo saquen a pasear de vez en cuando, no hay de qué preocuparse.

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