Manual para los vivos, por el Canijo de Jerez y Los Estanques

Con la gira de ‘Lágrimas de Plomo Fundido’, Los Estanques y el Canijo de Jerez pasan por la capital hispalense ofreciendo en la Malandar Club un concierto épico

Avatar de E. M. Malpartida

E. M. Malpartida

Chicharrones. Alicates. Segovia. Huevas. Los Beatles. Keith Richards. Un bebé, una guitarra y un jamón. Gafas de sol. Otras gafas de sol. El marco de un cuadro. No merece la pena encontrarle sentido a todo esto, pasa como con la vida: lo único que tienes que hacer es vivirlo. Para qué perder tiempo intentando entenderlo: igual no tiene sentido. O sí, quién sabe. Lo que sí está claro es que la enumeración anterior sirve, como poco, para trazar una aproximación del extenso recetario del directo del Canijo de Jerez y Los Estanques. 

Una suerte de manual para los vivos —no recomendado para los wonderfulianos y los carpediemenses— que tiene más que ver con el cómo que con el cuándo. Garrapaterismo, rock and roll, poca vergüenza y mucha pamplina [se reivindica poco el arte de la pamplina hoy en día]. Ninguno de los presentes en la sala Malandar el pasado jueves 19 de febrero está preparado para lo que está a punto de suceder.

Con algo de retraso, suben al escenario Los Estanques —Íñigo Bregel (teclados), Germán Herrero (guitarra), Andrea Conti (batería) y Daniel Pozo (bajo), acompañados en esta ocasión del guitarrista Víctor Iniesta—. Suena el tema introductorio del disco que han sacado junto al Canijo de Jerez y que da nombre al mismo: ‘Lágrimas de plomo fundido’. Los pies se mueven inquietos, las rodillas se flexionan, los brazos se arremangan. Es el ritual previo al salto, al grito a pleno pulmón de la canción.

Y así sucede con ‘El Murmullo de los Perros’ y ‘Fumata grupal’, dos temas con los que este grupo de nuevo cuño presenta sus intenciones ante la capital hispalense: rock-rock-rock-rock. «¡Buenas noches! Bueno, aquí estamos que venimos de Santander», comienza el Canijo, «como ya sabréis yo soy de Santander y, nada, solo quería deciros…¡gracias, Segovia!», termina, entre la risa de los presentes, antes de que comiencen a sonar los primeros acordes de ‘La Llave Secreta del Bazar’. 

—Qué buenos están los chicharrones, ¿verdad, Íñigo? A Íñigo le han encantado.
—Están riquísimos.
—Venían así en una bolsita pequeña, uf. ¿Porque eso son chicharrones, no? Los de la bolsita pequeña.
—Yo creo que sí, que son chicharrones, riquísimos.
—¡Así estamos! ¡Vivan los chicharrones y las bolsitas!

La tónica durante las dos horas que dura el concierto va a ser esa, como la enumeración del inicio: un recital continuo que demuestra no sólo la química que hay entre los miembros de este supergrupo, sino también su filosofía musical: pasarlo bien y, por el camino, hacer que el público lo pase aún mejor. Con ‘Estamos listos para golpear’ el Canijo se acuerda de Silvio con un pequeño recordatorio que termina con un «¡Va por ti, Córdoba!», de nuevo, dando carga a los presentes.

Una de las canciones que más brillan, quizás por esa oscura belleza de su letra, es ‘Mi Despedida’, una especie de canción postmortem escrita en vida y que el Canijo presenta con tono serio de nuevo cabreando al público: «La he hecho para el día que me muera, porque nos vamos a morir todos, pero puestos a morirnos yo prefiero que os muráis vosotros».

En directo el grupo aparenta ser un engranaje perfecto, pero es un artificio. Sin duda, resultado de la perfecta sintonía de cada uno de los miembros con el resto: en la improvisación, el ruido y la sorpresa se esconde el verdadero tesoro de esta formación. «¡Ahora vamos a tocar un tema nuestro que suena mucho! Bailar pegados, se llama», sentencia Marcos del Ojo.

Si el público está entregado, ellos más. Se suben sobre los altavoces, se bajan a las primeras filas, tiran las gafas de sol, se abrazan al pipa, bromean con el técnico de sonido: todo es alegría, éxtasis e incluso epicidad. Los temas en directo suenan amplios, inconmensurables. Contradictoriamente sólidos, por esa apertura a la improvisación y la sorpresa. 

De repente, algo sucede mientras el técnico de sonido sube el altavoz de Íñigo: el Canijo se ha encontrado en el suelo unos alicates.

Se desata el delirio colectivo.

El grupo empieza a tocar una base de forma espontánea. El Canijo comienza a recitar versos en torno a los alicates: de quién son, lo abro, lo cierro, para ti, para mi. Casi cinco minutos de improvisación: «Tengo dos cadenas / una que es de plata / y otra que es dorá / por eso voy a hacerte una pinza… / ¡en el cuello! / ¡con alicates! / ¡y si quieres un pendiente también te lo hago! / en la oreja / en los huevos / en la nariz». 

El Canijo toca enloquecido el teclado de Bregel y termina el momento con una «subasta»: «¡500 euros! ¡800! ¡Adjudicado, al técnico de sonido!». El Canijo cierra el show del alicate con una última estrofa: «Cuántos momentos hemos pasado juntos / una vez… ¡nos peleamos! / Y te dije / tú por tu lao / y yo por el mío». El público aplaude hasta con las orejas. «¡Alicatao, estamos alicataos! ¿Está arreglao? Pues lo voy a estropear otra vez…», dice y se agacha con intención de ir a por el altavoz que antes no se oía bien. «¡Esto va para la gente de Alicante!».

Otro de los momentos de la noche viene de la mano del grupo Zahorí, que se encuentra produciendo su disco junto a Íñigo Bregel y quienes suben invitados por la banda para tocar ‘El Lago’ de Triana. De nuevo, la sorpresa. La banda sevillana, junto a Los Estanques, firma una interpretación de altura, con el público entregado. «Viva Jesús de la Rosa, Antonio y Rafael, cuántas estrellas en el cielo», dice el Canijo, en referencia a los recientes fallecimientos de Rafael Amador y de Antonio Smash.

Todo esto sucede entre temas: ‘Criaturas de la noche’, ‘Mueve tu culo’, ‘Luna tú me llevas’, que encadenan con una versión de ‘Son ilusiones’, ‘Ciclo vital’, ‘Fatigas dobles’ y el tema con el que cierra el disco, ‘Lacrime di piombo fuso’. Antes de los bises, el grupo se va poco a poco, dejando a los integrantes lucirse: Iniesta, Conti, Pozo, desencajan algunas mandíbulas de los presentes con sus correspondientes solos que sirven a su vez de interludio para el cierre de la noche.

La primera en abrir los bises es una versión de ‘A la luz del lorenzo’: «¡Vivan los Delinquentes! Les fue bien a los chavales, se hicieron conocidos», bromea de nuevo El Canijo. Íñigo va intercalando en el teclado cosas de Abba, Little Richard e incluso ‘In my life’ de los Beatles, momento que canta bajo el brazo de su amigo Marco. Cierran con canciones de Los Estanques y del Canijo en solitario: ‘Aguja’, ‘Mr. Clark’, ‘Volar sin alas’ y ‘Soy español pero tengo un kebab’.

El concierto termina como empezó: en un sinsentido que debe vivirse sin encontrarle un por qué. Más de cinco minutos de una nota sostenida y distorsionada del grupo, congelado, sin moverse: Íñigo apuntando al techo, el Canijo de manos cruzadas mirando hacia el frente como Robocop. Entre el público, algunos se desesperan, aplauden, silban, no entienden. ¡No hay que entenderlo! ¡De eso se trata! De eso va, precisamente, esto. Y es la única forma de que de verdad tenga sentido. Ellos lo saben —suyo es este excéntrico manual para los vivos— y, ahora, gracias a este concierto, nosotros también.

Scroll al inicio