El grupo extremeño Cervatana, compuesto por Miguelito García, José Ugía y Francisco Sánchez, sigue inmerso en la gira de su primer disco (homónimo), un trabajo que los ha posicionado a la vanguardia de la música en España, tanto por su propuesta como por su directo
—No te lo vas a creer, pero estrenamos tema este finde —anuncia Francisco Sánchez, en una conversación que tiene lugar un par de días antes de sus conciertos en Jaén y Cádiz (viernes 3 y sábado 4 de julio, respectivamente).
[Sobre el escenario se sitúan, de izquierda a derecha, Santi Marín a la batería, José Ugía y Francisco (en el centro) tras la mesa, los sintes y la guitarra; por último, a la derecha, Miguelito García al bajo y a la voz. Hay cierta solemnidad en la atmósfera que van creando poco a poco los músicos, capa a capa. Una suerte de energía ritual, como si estuvieran invocando a un espíritu primitivo y arcaico.]
—Es interesante esta formación que hemos elegido, en semicírculo, invitando al público a que lo cierre o lo complete, de algún modo —apunta Miguelito García—. Mola ver cómo entran en la historia formando parte de ella. Por eso hemos planteado el directo como un viaje inmersivo y psicodélico.
Cervatana es claramente una palabra mal escrita que ellos han escogido (así, adrede) para nombrar al proyecto. Una decisión que podría parecer menor y anecdótica, pero que de forma inconsciente resume el espíritu del grupo a la perfección. Porque elegir a propósito esa palabra, tras el error, les sirve para crear a su vez una nueva. Una a la que pueden dar su propio significado, desde la libertad creativa.
La tríada, compuesta por Miguelito García, José Ugía y Francisco Sánchez (Frank, en adelante), se expande a quinteto en los directos, con Elena Gog (danza) y Santiago Marín (batería). Tras la salida de su primer disco (homónimo), Cervatana está recorriendo el país no solo en las principales salas, sino también en grandes festivales y escenarios (Monkey Week, La Revuelta, la gira de Los Delinqüentes, etc.), posicionada —por crítica y público— como una de las propuestas más vanguardistas y originales de la música no solo en España, sino en toda Europa.
—Para entender bien el concepto del disco y del directo es necesario el ejercicio de danza de Elena, porque nos lleva a una dimensión diferente e imprescindible —apunta José—. Cervatana no solo entra por los oídos, necesita de esta puesta en escena para conectar con la gente a otro nivel.
—Ahora mismo no hay nadie haciendo lo que hacemos nosotros —añade Miguelito—. Esta mezcla de la electrónica de la vanguardia más grande de Europa, con un proyecto de danza contemporánea que goza de un protagonismo real en el escenario. No hay ningún proyecto haciendo música así, de raíz, sonando a nuestra tierra sin hacer folklore.
[La presencia de Elena sobre el escenario es hipnótica. El concierto en Cádiz ha comenzado con cierto retraso por el fuerte levante de estos días y, aún así, son cientos las personas que van poco a poco arracimándose sobre la valla que separa el foso de la pista, para ver de cerca la propuesta de Cervatana. En el centro de la escena, Elena retuerce su cuerpo sobre un punto fijo, al ritmo del bajo y de las líneas de sintes. Los brazos suben como una llamarada con los dedos en punta, mientras ella abre los ojos con un rictus serio, casi metálico.
El cuerpo, entonces, se arremolina sobre esa solemnidad ceremoniosa y la disuelve, haciéndose una con la banda y con el público quien, desde entonces, debe esforzarse para reconectar la parte del cerebro que quiere bailar con la que pide a calambrazos seguir atentamente los pasos de la artista.]
¿Cómo nace un proyecto así? ¿Cómo se gesta una idea nueva que no venga manchada con la grasa de las motoretas, que tenga su propia forma y significado? Y, más importante aún, ¿cómo diantres se consigue que despegue tan rápido y tan alto? La clave de los Cerva, según afirman ellos mismos, está en la conexión que les une, una amistad de años de compartirlo todo: trabajo, ocio, inquietudes creativas.
—Ha sido muy fácil. Tenemos una mente colmena tanto para las gilipolleces como para beber botellines o sentarnos a sacar música. Cuando una banda se desprende de los egos es muy sencillo: solo queda el interés del artista por avanzar —explica Frank.
Hay una sombra que persigue a cualquier grupo de amigos que presuma de compartir interés y pasión por la música; una especie de maldición que, a veces incluso, los condena y los disuelve: ‘Un-día-tenemos-que-quedar-para-tocar-y-montar-algo’. Una sombra que siempre está presente, vigilando cada quedada, cada reunión, cada conversación. La única forma de escapar de ella es cumplir con la promesa. En este caso, se podría decir que el primer intento vino de la mano de Frank y José, quienes se unieron allá por 2023 para crear un proyecto denominado KELIA y que tuvo su puesta en escena en el Monkey Week de 2024, el último en la capital hispalense.
—Al terminar el concierto, Miguel se acercó y nos dijo que se había emocionado, que le había encantado el proyecto —rememora José—. Eso significó mucho para Frank y para mí, porque nos costó mucho terminar el proyecto y poder llevarlo al Monkey de aquella manera. Fue muy bonito e importante.
Pasó algo de tiempo hasta que Miguel se acercó a Frank y José con una idea; un boceto de un marco conceptual, acompañado de algunas referencias musicales y unos riffs.
—Las puso sobre la mesa y dijimos que sí, que nos subíamos al barco. Y aquí estamos ahora mismo —afirma Frank con una sonrisa.
Aquello fue el empujón para que los tres dieran finalmente el paso y decidieran buscar una fecha para encerrarse a componer. El problema, como suele ocurrir siempre, era el tiempo. Entre disco y disco y su gira correspondiente con los Derby Motoreta’s Burrito Kachimba (grupo en el que trabajan los tres, Miguelito y José como componentes y Frank como ayudante), hacer un hueco en la agenda parecía una empresa imposible de llevar a cabo. Pero la voluntad por compartir música entre ellos era más fuerte.
—No recuerdo un día en el que tomáramos la decisión —afirma Miguelito—, pero sí que es verdad que teniendo ya el marco conceptual sobre la mesa solo tuvimos que decidir cuándo ponernos a ello. En un impás de los DMBK, nos fuimos a Guadalcanal a tocar, a la casa de la abuela de José. Ese primer fin de semana salieron dos o tres temas que nos motivaron muchísimo a seguir componiendo. El resto llegó en otras sesiones de composición entre Mérida y Sevilla. Ha sido una cosa muy orgánica, entre colegas que comparten mucha música y tiempo juntos.
—Han sido sesiones muy intensas de componer durante 14 o 15 horas seguidas, descansar luego unas seis o siete y después ponernos otra vez a tope. Así, durante tres o cuatro días, focalizados en comer migas de la abuela de José y en hacer música —bromea Frank.
Ese marco conceptual, esa primera idea, apenas estaba esbozada. Miguelito tenía en mente una historia distópica —por aquel entonces estaba inmerso en la lectura de Dune— dividida en siete capítulos y, a su alrededor, fue recolectando una playlist con referencias musicales que formaban un ambiente cinematográfico.
—Tenemos muchos gustos en común: flipamos con el disco de Fat Dog, con Moderat, también con las bandas sonoras de Hans Zimmer o con las canciones de The Prodigy y el uso de los sintes y el minilogue. Para este disco, de hecho, hemos emulado muchos de esos sonidos… Yo solo traía unos riffs en mente, la idea de la historia y poco más —explica el vocalista—. La mayoría del trabajo compositivo ha surgido entre los tres, esa es la verdad —enfatiza.
La historia, descrita como un «wéstern distópico espacial», viene a contar la vida de una IA encarnada en un cuerpo humano que busca recuperar emociones en un planeta devastado por la avaricia. Bajo este concepto, el trío fue componiendo e hilando los capítulos de una historia (musical y performática) que se escucha de una sola tacada, tanto en el disco como en el directo.
[En el escenario Cervatana va engarzando temas sin dejar espacios o cortes entre ellos. Elena entra y sale, según el tramo del directo. A veces Miguelito toma el proscenio, pero son pocos los momentos en que esto ocurre, y la mayoría de ellos lo hace acompañando a Elena. En general, Miguelito estará un paso atrás, alineado con Frank, incluso tocando la mesa y los teclados con José.
Cádiz va poco a poco sumergiéndose bajo las capas que lanza Cervatana. Elena sube la marcha, se mueve rápido, gira sobre sí misma e incluso se salta la valla del foso para bailar con el público durante el concierto. Cervatana establece —en poco más de media hora— un show que concentra todos los elementos sorpresivos y emocionantes, pero sin perder su esencia. Algo que tiene su dificultad, no solo a nivel narrativo, sino también ejecutivo, como músicos y artistas. Una parcela que resuelven con naturalidad, casi sin esfuerzo e, incluso, disfrutando.]
—Ha sido un reto llevar el disco al directo porque trabajamos con muchas capas, con muchas texturas y le dedicamos muchísimo tiempo al diseño sonoro de las canciones. Hacer que todo eso funcione bien y emocione de la misma manera que emociona en el estudio es un reto. Parecía más difícil de la cuenta, pero lo hemos llevado a cabo bastante bien —relata Miguelito—. Somos músicos con mucha experiencia en los directos y eso ha jugado a nuestro favor a la hora de llevar este proyecto al escenario.
Ese espíritu vanguardista con el que los tres artistas se encerraron en Guadalcanal para componer música, ha dado lugar a un proyecto diferente, no solo a aquello habían hecho anteriormente como artistas, sino a cualquier cosa que pueda escucharse ahora mismo en España. La principal clave para ello fue incorporar a Elena Gog en la dirección artística del proyecto.
—Desde el principio teníamos pensado meter un ejercicio de danza contemporánea en el directo —admite Miguelito—. Nos parecía interesante poder expresar con el cuerpo lo que contamos con las canciones. Encajaba a nivel conceptual. Elena ha estado en el proceso desde el principio, ha trabajado en la dirección artística del proyecto y de los videoclips, poder trabajar con ella en los ensayos ha sido muy guay, y contar con ella en el directo es una pasada.
—Cuando se está haciendo algo así, en paralelo también se está pensando en compartirlo, en cómo se va a ver en el directo, en imaginarse a la gente bailando, coreando. Pensar en compartirlo mientras compones es algo sano, sin llegar a hacerlo desde un punto de vista comercial —apunta Frank.
Así, jugando, experimentando, compartiendo, arriesgando, Cervatana ha puesto sobre la mesa uno de los discos más interesantes de la temporada. Algo que aclama la crítica y confirma el público, quizás el baremo más importante para un proyecto así.
—Es una sorpresa que esté gustando a tanta gente —reflexiona Frank—. Es un proyecto muy nuestro, muy puro, que ha salido sin pretensiones de ningún tipo, por eso es una sorpresa que esté gustando tanto y nos reclamen desde todas partes. Es una alegría, sin duda.
—Ya estábamos contentos con lo que habíamos hecho, pero veníamos con las expectativas muy altas porque nos parecía que era muy especial. Aunque nunca te esperas que la recepción sea tan gorda —responde Miguelito—. Sabíamos que podíamos hacer la Sala X o la Sala Sol con solvencia, sin perder pasta, pero ponerlas como las hemos puesto… muy loco. Teníamos mucha seguridad en el proyecto, pero está funcionando más allá de lo que uno se puede imaginar.
[La pista del Nuevo Mirandilla comienza a llenarse, aún lejos de las cifras que se esperan para dentro de unas horas, cuando Los Delinqüentes tomen el escenario, pero hay una masa de gente que ya roza el millar. Algo muy significativo, teniendo en cuenta que habrá hasta tres grupos antes de que los jerezanos salgan a escena. Y aquí están todos ellos, agolpados sobre las primeras filas, bailando sudorosos frente a Cervatana, dejándose arrastrar por temas como ‘Cap. IV: La Bomba’ o ‘Cap. VI: La Flor’.
Sobre las tablas, Santi Marín marca con brío y talento el ritmo, mientras José y Frank siguen inmersos en construir atmósferas, capas de sonidos, una tras otra, una tras otra, como si estuvieran en un laboratorio buscando algo: una cura para sacarnos del trance; un virus para infectarnos aún más. En medio de toda esta avalancha, Elena reina en los dominios del Nuevo Mirandilla: estira los brazos, como recogiendo los hilos de las miradas que se proyectan sobre ella desde el público: uno a uno los trenza y los amarra a su cuello, a sus brazos, a sus piernas. Migue baila, coge el bajo, con ojos fijados en el horizonte y una leve sonrisa en la cara, como si ya supiera lo evidente: que Cádiz también ha caído prendida de Cervatana].
—Una de las cosas más sorprendentes fue lo de la sala Sol —anota José —. Durante la actuación saltó el limitador de volumen de la sala, por los gritos tan altos que había entre el público. No saltó una vez, sino hasta tres o cuatro veces —admite sorprendido.
—Es sorprendente la cantidad de gente que se emociona viendo el directo, que entra en la película de verdad, en los momentos más emocionantes, introspectivos y sentimentales. Gente que incluso se echa a llorar —describe Frank—. Hay gente que luego se acerca y te lo agradece, que te dice que ha pasado un viaje increíble. Es lo que intentamos, dar un pasito más allá, no dar solo un concierto normal, sino emocionar al público. Eso tiene un peso que no sé si todavía somos conscientes de lo que supone.
La rueda de Cervatana parece haber cogido velocidad y, de momento, no hay quien la pare. Aunque aún están lejos de un segundo disco por la dificultad de sacar tiempo para encerrarse en un estudio —con Miguelito García componiendo ya el próximo disco de los DMBK—, el grupo no para de buscarse las cosquillas para seguir haciendo música juntos.
—Llevamos ya alguna cosa nueva para el directo. No paramos, aunque sea difícil sacar tiempo. Siempre estamos haciendo cosas, buscando el hueco para poder sentarnos y seguir avanzando —explica Frank.
—Esto va como un tiro —afirma de nuevo Miguelito—. Es un proyecto a largo plazo, no es algo paralelo a DMBK. Tiene su propia entidad y vamos para adelante con todo, hasta donde llegue la banda.
[El ritmo ha sido alto. Tanto aquellos que les conocían como los que no han entrado de lleno en la película. La espectacularidad de la propuesta artística de Elena Gog, que por momentos parecía hacerse más y más grande sobre el escenario, deja en los presentes la sensación de haber visto algo único e irrepetible. Puede que aquí no hubiera señales tan evidentes como un limitador que salta o una sala que se agota, pero quizás ese sea el baremo más fiable y menos visible de todos: emocionar al público sin importar el dónde o el cuándo, sino el cómo].