Una de las preguntas que más le hacen en las —ya no tan— escasas entrevistas a Ángel Stanich es: por qué ahora. Por qué salir de la cueva para hacer entrevistas. Ahora, en este momento. ¿De su carrera? O, mejor dicho, de la industria. La expresión aceptar las reglas del juego es terrorífica según el contexto en el que se use. Este sería, sin duda, uno de ellos.
Este-nuestro-sistema nos obliga continuamente a revisar nuestra moral (los que aún la tengan) con cualquier decisión diaria: qué hacemos y qué no para seguir sumando pantallas [estos son mis principios y si no le gustan… bueno, ya se sabe]. Cuán ancha es la tragadera y si estamos dispuestos a agrandarla o a achicarla, según la situación. Cada vez se hace más difícil rechazar las cookies dado que ¡cualquier cosa que puedas imaginar! forma parte del juego ––incluidos los antijuego––.
Probablemente sea el caso de Stanich. Y de tantos y tantos y tantos otros artistas. Casi todos los que, a su modo, intentan hacer de la música arte y oficio y no un objeto de consumo viral. Hay matices, son distintos jugadores del mismo juego. Los de arte-y-oficio ponen siempre en tela de juicio en qué sitios quieren estar, en cuáles no, qué caminos eligen transitar, cuáles no. Así, con todo. En la música, aceptar las reglas del juego hoy en día supone una lista de contraindicaciones más larga que el prospecto de algunos de los medicamentos más duros.
A saber: curadores de playlist [¿curanderos?], crear buenos pitchs para las canciones, que te recomienden influencers y creadores de contenidos, que tu canción se use en los trends de los reels o tiktoks, que tenga muchos pre–saves… Sin olvidar que, como artistas, también deben performar las redes sociales. Todo ello bajo un estricto calendario que puede dejarles fuera del juego en un tris [para sacar un disco hay que publicar antes 4-5 singles como mínimo si quieres entrar en las playlist y tener números de escuchas y seguidores, que a su vez garantizan que puedas optar a tener sitio en salas y festivales].
Un largo etcétera que atañe no sólo al propio artista o banda, sino también al…¡consumidor! [Quizás una de nuestras mayores derrotas como sociedad: aceptar ser consumidores de una plataforma de contenidos y no oyentes de música —benefactores que apoyan a los artistas en su oficio—]. Hemos dejado de comprar música por el hecho de que querer tenerla. Coleccionar, reescuchar, revisitar: preferimos pagar una tarifa plana sujeta a una multitud de condiciones moralmente cuestionables. La famosa plataforma te dice: toma un cubo invisible, llénalo de música y vamos a llamarlo biblioteca. [Pero es una ilusión, y no porque sea virtual. Sino porque, en realidad, no es tuya].
Aceptar las reglas del juego es aterrador, también para nuestra atención. Es como abrir la verja de un palomar y pedirle que las coja todas al vuelo, una a una, e intente volver a meterlas dentro. Salimos a pecho descubierto al bombardeo de los estrenos de los viernes, intentando llegar a todas las novedades, sin conseguirlo; luego, ponemos una playlist con la firme intención de descubrir algo mientras hacemos algo en paralelo. No obstante, lo único que descubrimos es que nuestra atención está más atrofiada de lo que pensábamos.
Es oportuno aclarar algo importante llegados a este punto: esto no es una carta abierta contra ningún tipo de plataforma; pero sí contra aceptar las reglas del juego en su totalidad. Claro que este-nuestro-sistema, como buen reloj averiado, da la hora bien dos veces al día, pero no se puede separar la obra [el streaming] del artista [el capitalismo]. Y, en este sentido, hay que saber desmarcarse, llegado el caso, de algunas de esas normas del juego. Coger una vía secundaria. Buscar alternativas.
Todos nos vemos obligados a aceptar la gran mayoría de ellas. Es inevitable, estamos condenados a ser seres de nuestro tiempo. Pero hay márgenes, recovecos, donde la hierba crece salvaje. Para los artistas puede ser muchas decisiones de toda índole: elegir dónde y cuándo dar entrevistas. Intentar tener escuchas y seguidores de un modo orgánico, más natural. Nosotros, en cambio, podemos elegir cómo descubrir nueva música, apoyar a artistas emergentes.
En muchas circunstancias nos vemos obligados a aceptar las reglas, pero siempre hay alguna vía de escape. Esa en la que decides dónde escarbar. Qué clicar. Qué disco comprar y cuál no (todavía). La vía del mp3, pero también del CD, el vinilo, el merch y el concierto. De apoyar al artista en la sala y no solo en la playlist o Instagram. De escuchar un disco entero en el orden que han elegido y no por las más escuchadas en streaming. Elegir tu canción favorita, aunque sea la más rara. O precisamente por eso. Y luego volverlo a escuchar otra vez para cambiar de idea. Esos son los caminos por los que deberíamos transitar, como si camináramos descalzos por la hierba en vez de ir a toda hostia por el asfalto.
[Sigues corriendo. La cunda del tiempo te acecha,
pero no digo que pueda contigo esa inercia.
Llega un momento que no enfocas la carretera
Y la impresión será que voy por la hierba].