Derby Motoreta’s Burrito Kachimba cierra la gira de ‘Bolsa Amarilla y Piedra Potente’ en el Cartuja Center, dentro de Insólito Sevilla, rodeados de invitados como Quentin Gas o Anni B. Sweet
Cuatro veces en dos años no es anecdótico sino significativo. Custom, Icónica, El Patio e Insólito. Fue también un 30 abril del 24 cuando Derby Motoreta’s Burrito Kachimba presentaba su disco ‘Bolsa Amarilla y Piedra Potente’. Un álbum distinto. Por primera vez, los motoretas podían permitirse huir del apretón de la inercia creativa y cambiar los chispazos por la probeta y la alquimia.
Desde entonces, el grupo ha pasado por grandes aforos y festivales hasta ahora inexplorados, ha vivido citas memorables como la del Teatro de Mérida, así como incursiones en medios internacionales, además de un tour con más de un centenar de conciertos. [¿Cómo se le pone fin a una gira así? La respuesta no es sencilla, pero sí evidente: dejando en el público ganas de más. Es el único camino posible. Sembrar la sorpresa en lo familiar; habitar lo inesperado.]
Lo lógico era empezar con ‘Agua Grande’. Que se confíen. El Cartuja Center aún enfilaba ante su puerta a decenas de personas cuando el concierto ya se podía dar por empezado. Una cola solo superada por la de la barra (ya se sabe, estos conciertos dan una sed tremenda que solo se puede saciar con cerveza).
La cosa va a así: ya nos conocemos, sabemos de qué palo cojea cada uno. El público, la banda. Un tipo entra fumando y con gafas de sol. Un par de amigos se quitan las camisetas y se arriman a las primeras filas cantando «sig na geg no, sig nag nag se» como los ultras de un equipo de fútbol. Las parejas buscan los rincones, la cercanía. Las edades y los gustos emulsionan sobre una masa heterogénea y porosa de gente que se expande sobre la pista y las gradas del Cartuja Center.
No es sold out: y qué. Este fin de gira va de otra cosa. De lo que se ha dicho, pero de lo que está por decir. De inyectar a los presentes esa nostalgia futura de lo desconocido. Lo que vendrá. La banda transita desde la contundencia de ‘La Fuente’ hacia ‘Porcelana Teeth’ y ‘Prodigio’. De aquellos riffs, estos himnos. «¡¡Seeee-vi-llaaaa!!», grita Dandy Piranha desde el escenario, metiendo puño a su micrófono-manillar. «¡Vamos a pasarlo de puta madre, colegas!».
Es irónico: vemos al mago hacer el mismo truco, con distintas cartas, y siempre nos sorprende. Al futbolista hacer la misma jugada, el mismo regate, el mismo gol, y siempre nos resulta emocionante. ¿Por qué no iba a ser posible hacer lo mismo con un setlist? ‘El Valle’, ‘Caño Cojo’, ‘RGTQ’, ‘Manguara’, ‘Pétalos’, ‘Daddy Papi’ y ‘Ef Laló’ dejan claro el equilibrio entre pasado y presente, pero también sobre el futuro: la banda no suena igual que en los discos, ni siquiera que en los pasados directos. En una entrevista reciente, Soni admitía que al escuchar ‘La Fuente’ tras mucho tiempo sin hacerlo, pensó: «¡Pero si ya no hacemos esa versión!».
De nuevo la sorpresa, lo inesperado. Sembrar, sembrar, sembrar. ‘Gitana’ es un tótem. Vive en los recovecos del tiempo: nunca es la misma y, sin embargo, siempre suena igual de poderosa y enigmática. En esta ocasión, además, la banda contó con la actuación de las Hermanas Gog para acompañar el tema. Una performance hipnótica ejecutada con talento y maestría, que viene a doler como el miembro fantasma de los directos: nos lo han ido quitando, pero seguimos sintiéndolo ahí. Por eso es importante que la banda vuelva a ponerlo sobre las tablas. «¡Viva el futuro de la danza de Mérida!», exclama Dandy.
Tras ‘Turbocamello’ llega otro de los momentos de la noche: la actuación de Quentin Gas en ‘Las Leyes de la Frontera’. El artista sevillano —«el padre de la psicodelia andaluza, el gitano del espacio», tal y como lo presenta Dandy— marca uno de los puntos más altos del show, demostrando no solo su poderío vocal, sino también su magnetismo sobre el escenario. Abrazados, Dandy y Quentin bailan, saltan, hacen un outro, alargan el éxtasis del público en uno de sus temas más aplaudidos y coreados.
Sin tiempo para digerir lo ocurrido, Anni B. Sweet se sube a las tablas para cantar ‘Tierra’ junto a la banda. Al poco de empezar tiene lugar un pequeño fallo técnico, lo cual hace aún más interesante la noche: puedes calcularlo, ensayarlo, medirlo y, aún así, terminar arrollado por los acontecimientos. Nada que no se pueda subsanar: la canción se resignifica, se reconstruye, bajo la luz vocal de la artista malagueña.
Con ‘Samrkanda’, la banda marca el impás de la noche. No unos bises, no: una parada técnica para hacer pis. Para estirar las piernas, cansadas de pisar el acelerador. Rápida, práctica. El último tramo de la noche es la otra cara de la misma moneda: ‘Nana del Caballo Grande’ suena enorme, inabarcable; ‘El Chinche’ nos pincha en el costado con su acero afilado; ‘Manteca’ y ‘DÁMELA’ cierran el grifo del presente, mientras el grupo se sumerge en sus primeros temas para terminar el show: ‘Dámela’, ‘New Gizz’, ‘Aliento de Dragón’ y ‘El Salto del Gitano’. El grupo se despide de Sevilla, no sin antes mencionar el trabajo de Javi Ruibal en las percusiones como artista invitado —«el séptimo motoreta», apunta Dandy—.
—No todos los grupos tienen lo que esta gente.
—Vaya guitarras, es una locura.
—¿Y el bajista? Todos, es que son todos.
—Lo que darían casi todos los grupos por tener un Miguelito en sus filas.
Es lo que querían. Avivar el hambre. Precisamente: de esto va un fin de gira. Es lo más difícil de conseguir. Un veneno que sea efectivo; que nos intoxique con la violencia de la nostalgia futura. Ellos ya se han encargado de pincharnos las dosis suficientes para que nos enganchemos. De esto ya no se sale.