Icónica Santalucía Sevilla Fest vive su jornada más autóctona y reivindicativa en una tarde-noche de altas temperaturas
Apenas habla inglés, mucho menos español. A duras penas consigue comunicarse con las muchachas de la taquilla. Con paciencia, ellas le indican: es un concierto, grupos andaluces, hay que pagar. El tipo acepta de buen grado. Lleva un atuendo algo estrafalario: podría ser un figurante de la performance de Califato ¾, pero esa imagen desaparece de inmediato en cuanto abre la boca para intentar comunicarse: está de acuerdo, saca la tarjeta para pagar. Se gira sonriente y sudoroso, mirando hacia donde las chicas le indican: es por allí por donde debe entrar. Y hacia allí que se dirige, con su sombrero y su pañuelo.
El foráneo cruza desde la Avenida de Isabel la Católica hacia Rodríguez de Casso con un nuevo objetivo: entrar en Plaza de España a ver los conciertos de Califato ¾ y de La Plazuela. Son las siete y media de la tarde de un 21 de junio. Por supuesto: Sevilla. Desde hace unos años eso significa una cosa y muchas a la vez, como todo en esta ciudad idiosincrásicamente contradictoria. La más manifiesta: Icónica Santalucía Sevilla Fest celebra una nueva edición en la plaza —la más polémica, sin duda, por el innegable aumento del descontento en contra del festival—.
De un primer vistazo a los alrededores se evidencia que el turista es la excepción, porque la de este domingo no es una jornada cualquiera. Es un día de raíz, incluso de familia. De celebrar la música, pero también la alegría, el orgullo y la reivindicación. Una celebración, además, masiva: 11.000 personas a pesar del calor, ese tan de aquí que no sigue un patrón concreto: a veces incluso se expande y se contrae por el calendario como un ente con vida propia. Tanto es así que en la barra hay más pedidos de botellas de agua que de cerveza; en los baños hay más cola para mojarse el cuello y la cabeza que para cambiarle el agua a los garbanzos.
Los momentos previos al concierto de Califato ¾ son acelerados: una gran parte del público aún está ubicándose. Los más califaters —los que saben que el grupo se apellida tres por cuatro y no tres cuartos, como si fueran una asociación de charcuteros— aguantan en primera fila los últimos estertores del sol antes de que este desaparezca tras el Parque María Luisa.
A las 20.30 aparecen sobre las tablas Manuel Chaparro (voz), Esteban Espada (bajo), Lorenzo Soria ‘Bazofia’ (electrónica y percusiones), Guille Iniesta (guitarra flamenca) y Sergio Ruiz ‘Stay Puft’ (teclados). Entre cornetas y tambores, Chaparro recita su speech como capataz de una performance que nace en San Pablo, pero que pretende hacer sonar a Andalucía por toda España y más allá.
Ataviado con un abrigo y sombrero negros con flecos —que le cubren toda la cara y la espalda—, el artista sevillano levanta a las miles de personas que empiezan a agolparse en la plaza para escuchar ‘Crîtto de lâ Nabahâ’. Con el Pendón Verde (la bandera de las tres medias lunas) al hombro, Chaparro se pasea por el escenario de un lado al otro. Así llega ‘Çambra der huebê çanto’, con el famoso silbido de Kurt Savoy del ‘El bueno, el feo y el malo’ como último aviso para los más rezagados: estén atentos, los expertos desaconsejan pestañear en Califato ¾, mucho menos llegar tarde al espectáculo.
Durante la actuación, Chaparro cambia varias veces de vestimenta. Todas ellas con algún propósito o mensaje más allá de lo puramente artístico, aunando folklore y activismo: una gorra con un clavel rojo, una especie de toga con la bandera de Andalucía y una saya blanca con un gorro. Una imagen que fluctúa entre la de un excéntrico y la de un profeta —conceptos que, históricamente, a veces han llegado a confundirse—. En este caso, sin duda, Chaparro ofrece la actitud de un devoto ante su fe: el andalucismo. Qué bonita es Andalucía, qué bonita es nuestra tierra, recita Chaparro. Tenemos todo, lo único que no tenemos es la industria, que se la dieron a la gente rica. Están intentando acabar con Andalucía. Pero cuando terminéis de acabar con Andalucía os vais a jartá de comer tortilla y os vais a tomar por culo to’s los de la península ibérica, mamona.
La performance es una avalancha de estímulos tanto discursivos como visuales y musicales. Califato ¾ es una experiencia colectiva que nace de la música, pero [sobre]vive más allá de ella: en los barrios, en las calles, en las asociaciones de vecinos, en la viralidad de las redes. Entre el público da la sensación de que Califato es un movimiento, no un grupo de música. Qué bien se vive en Andalucía —sigue Chaparro— si eres madrileño, catalán o vasco. En Andalucía tenemos el índice de paro más alto, el de inclusión social y el de esperanza de vida más bajos… pero bueno, si no nos han matado ni los romanos ni los castellanos: cuando el calor este que tenemos aquí llegue al del palco a ver quién queda vivo. ¡Las cucarachas andaluzas!, termina, apuntando al cielo.
Para la ‘Buleríâ Del Aire Acondiçionao’ —aunque con este calor le vamos a llamar la bulería del abanico prestao, apunta Chaparro, manteniendo siempre ese toque de humor entre discurso y discurso—, Califato ¾ invita a subir sobre las tablas a María José Luna al cante y a Alberto Álvarez al cajón. Su llamada a la raíz nunca ha pretendido ser (solo) estética: es un pulso electrónico con la tradición y el purismo. Así, el flamenco empieza a asentarse en el show como ese elemento libre que busca cabalgar desbocao y no amarrao. Y en Califato ¾ la figura de María José Luna aporta precisamente eso: el arraigo del flamenco en la sangre, pero también la alegría de vivirlo desde el arte y la libertad.
Tras ‘Tû Cadenâ’, el público está entregado a la propuesta de los sevillanos y a la fiesta que tienen preparada para la parte final del concierto. Así, entre ‘La Bía en Roça’, ‘La Puerta’ y ‘Dime dónde bá’, se suceden sobre el escenario colaboraciones de artistas como La Plazuela y Andrea Santalucía en ‘Pintora’, Carmen Avilés al baile en ‘Er Patio de lô Hirgerô’ (y las alegrías), así como de María Terremoto al cante por bulerías —luciendo la camiseta de la selección andaluza de Andalugeeks—.
Entre medias, Chaparro vuelve a cambiar de vestimenta, esta vez con una camiseta del Sindicato de Inquilinos e Inquilinas de Sevilla. Tras él, el grupo saca una pancarta enorme que dice: «La vivienda nos cuesta la vida». Chaparro, al micrófono, se pone serio por primera vez en toda la tarde y la música cede todo el espacio al discurso y la reivindicación: Todos nos tenemos que apuntar al sindicato, no por nohotro, sino por nuestros hijos y sobrinos, ¿qué Andalucía les vamos a dejar? No seamos egoístas por tener las papas solucionâ. ¡Hay que luchar, cabeça!, espeta el capataz de Califato ¾, con la imagen de su camiseta luciendo en las enormes pantallas del escenario, ante los aplausos del público.
Entre canción y canción, reivindicar la Sanidad Pública e incluso cantar a capela con todo el público el himno de Andalucía —los pueblos y la humanidad, buscando el escozor de quienes solo hablan de Andalucía con espuma en la boca—, Chaparro perrea, rapea, baila, salta y ofrece todo un espectáculo como buen capataz [algunos novicios de Califato ¾, esos que han querido iniciarse en el grupo con este concierto, se preguntan: pero este hombre ¿no canta? ¿solo habla y habla?]. El concierto termina por todo lo alto con ‘Historia de un amor’, ‘Lambôccá’ y ‘Çilencio’: una tríada de canciones que confirman esa sensación de cambio en Califato ¾.
Un grupo que ha mutado tantas veces en el camino (tras una escisión y varias idas y venidas de algunos miembros), que por momentos parecía estar a la deriva, navegando en aguas desconocidas. El domingo, sin embargo, quiso dejar clara no ya su propuesta, sino también sus intenciones: seguir caminando por terrenos desconocidos, incómodos y performativos, pero, ante todo, flamencos, electrónicos y colectivos. La raíz como algo que duele y alimenta, no como eslogan para una camiseta.
Andalucía no es Sevilla, pero Sevilla es Andalucía. Algo que a menudo olvidan hasta los propios sevillanos. Por eso resulta irónico que sea en la Plaza de España de la capital andaluza donde, en cierto modo, se equilibren por una vez las energías y las fuerzas de ese andalucismo que oscila entre oriente y occidente. Durante unas horas, este emblemático lugar congrega a una decena de miles de almas apeladas por esta nueva forma de entender no solo Andalucía, sino la música que se hace en esta tierra. Una nueva mirada hacia el flamenco y la música que se hace alrededor de él, sin temer a los puristas y sus corsés. Claro ejemplo de ello es el siguiente grupo en tomar las tablas y que viene a presentar su laureado segundo trabajo de estudio: ‘Lugar nº 0 (D.L.Y.)’.
La propuesta de La Plazuela es distinta, ya no solo a Califato ¾, sino a toda la música que se hace en España. Y esto es algo que han querido subrayar con ahínco en su segundo trabajo. El concierto de los granaínos empieza a las 22.30h [con puntualidad icónica] bajo un juego de luces y una niebla que no deja ver nada. Así, los miembros del grupo toman las tablas de uno en uno: Nacho Morales a la guitarra, José Luís Mesa ‘El Yogle’ al bajo y Javier Moreno a la batería. Los últimos en entrar en escena, los verdaderos protagonistas de todo esto: Manuel Hidalgo ‘El Indio’ y Luis Abril ‘El Nitro’. El Indio, que aparece desde la derecha del escenario, enciende rápido la mecha con ‘Si Miro Pa Tras’, mientras Nitro, iluminado por un foco cenital, se hace con el centro del escenario.
Los granaínos también comienzan entre cornetas y tambores, pero las suyas van entremezcladas con un ritmo funkero pegajoso que pone a bailar a los presentes de inmediato: Si algo me enseñó mi casa, y las fachadas de mi calle, es que por fuera son sencillas y por dentro están los detalles, canta el Indio ante los redobles de la Banda del Cristo de la Victoria de Granada. El público responde coreando el estribillo: Palabras que son como las moneas / que ruean de mano en mano y ninguno se las quea.
Esta es la otra Andalucía, la que a veces queda relegada y olvidada, pero que también está afectada por la crisis de la vivienda y la turistificación. Así, La Plazuela saca pecho de su barrio con ‘18010’, canción que El Indio dedica al Albaicín: ¡Viva Graná!, grita al público. El artista se pasea de un lado al otro del escenario, con su famoso recital de poses y posturas: puños en altos, mano a la gorra, movimientos laterales. Camiseta blanca, vaqueros, anillos, pulseras y un cinturón con las siglas ‘D.L.Y.’: la estética del Indio y el Nitro también forma parte del espíritu la banda, esa inquietud por mezclar tradición y vanguardia, siempre pegada a la raíz, a la calle y a las fatigas del barrio.
No tarda en asomar la cabeza el disco anterior, en este caso con ‘La Primerica Helá’, que sirve para contener la energía generada y avisar al espectador de que todas sus expectativas van a ser saciadas [ante la lógica incertidumbre de si cantarán la canción que más les guste]. Aun con Nitro ya en primera fila, es el Indio quien lleva el peso de los primeros temas: ‘Tengo que pensar’ y ‘De Dos en Dos’ lo mantienen en el centro del escenario, bailando, levantando al público en lo que ya se podría calificar como fiesta. Una que, de hecho, avanza rapidísimo: se nota el trabajo del grupo junto a Cardinal Sur para ajustar todo lo que rodea al directo de esta gira. Un show en el que mantienen el uso casi cinematográfico de las cámaras y las pantallas, pero donde han dado una vuelta de tuerca a las luces y la escenografía, poniendo especial empeño, quizás, en la transición de los temas, la narrativa de las canciones y, por supuesto, el ritmo con el que se van sucediendo.
La producción musical tan «detallista» de ‘Lugar nº 0 (D.L.Y.)’ —en palabras de Nitro e Indio en alguna que otra entrevista—, es quizás demasiado compleja, lo que les ha llevado a cambiar su proceso compositivo a uno más sencillo, más directo. Es, sin duda, el hándicap de estas canciones para su puesta en escena. Sobre todo, si la intención es mantener un espíritu fiel al del álbum. Algo que, tras el concierto de esta noche, es evidente que han conseguido con creces: la propuesta de los granaínos, en colaboración con Cardinal Sur, mantiene los elementos base de la canción y los mueve con inteligencia y atino hacia otros terrenos, haciendo que dialoguen a su vez con temas de su anterior trabajo.
En esa fluidez entre canción y canción llegamos con el corazón acelerado al primer tercio del show. Y, también, a una de las grandes sorpresas de esta noche: para ‘Solo eres pa mí’ sale a escena la cantaora Ángeles Toledano. La artista jienense, una de las grandes revelaciones de la música andaluza con su disco ‘Sangre sucia’ —conste en acta que también lo era antes de él—, vuelve a la capital hispalense a tan solo un par de meses de su gran cita con la Bienal. La actuación de Toledano junto a La Plazuela deja en Plaza de España una actuación de altura, probablemente una de las más memorables no solo de esta edición del festival, sino también de las anteriores.
Aún sacudiéndose la energía de ‘Tiempos raros’ —con un beat más frenético en el directo que en el disco—, Nitro toma las riendas del show, tras una transición con música de Aphex Twin que nos lleva hacia ‘Eterna primavera’. Sevilla, sois casa, grita el Indio. Viva Andalucía, viva la música que se hace aquí, y viva mi Graná. ¡Esta noche es muy especial!. Antes de cruzar el ecuador del show, La Plazuela avisa: la noche se va a poner flamenca. Y qué mejor manera de hacerlo que con el maestro David de Jacoba en el escenario. El cantaor se une al grupo para cantar ‘Alegrías de la Ragua’ y ‘Bulerías de la Guardia’.
Puede que estas canciones no tuvieran el mismo éxito que su primer y su segundo disco, pero no cabe duda que el EP tiene un gran valor sentimental no solo para el grupo, sino también para sus seguidores, que disfrutan entre palmas y bailes de su nuevo tema, ‘Si lo Callo Muero’ (una vuelta, quizás, a su espíritu más flamenco) y de ‘Calabajío’ (con el cual se despiden del EP y de David de Jacoba entre palmas).
Por momentos Sevilla parece ofrecer un respiro y, pasadas las 23.00h, comienza a correr un poco de aire fresco por Plaza España. Pero la gente es así: han venido a sudar, a pasar calor, a hacerse uno con esta canícula flamenca y andaluza transitoria. Las 11.000 personas no parecen querer separarse, al contrario: si acaso estar cada vez más juntos, más pegados: para bailar, para saltar, para disfrutar en compañía de temas como ‘Tu Palabra’ o ‘Mala de Verdad’. Canciones que anticipan lo que todos sabían que iba a pasar: la fiesta se acaba y hay que disfrutarla mientras se pueda.
En algunas de las nuevas canciones, como ‘La Cara de Dios’, hay mucha boca mascando letra, algo que no sucede con algunos de sus hits (‘El Lao de la Pena’ o ‘Péiname Juana’), temas que no dejan un solo alma sin desgañitarse, ni un dedo índice sin apuntar al cielo. Poco a poco La Plazuela se despide, no sin antes firmar un encore vertiginoso y que abraza de lleno su faceta más club: ‘B12’, ‘Realejo Beach’ y ‘Tangos de Copera’. Estas canciones reflejan tres momentos vitales distintos de la banda y, sin embargo, mantienen la coherencia de la propuesta, de sus inquietudes creativas.
Así, La Plazuela ratifica el camino que se ha marcado: evolucionar e investigar en sus creaciones con otros sonidos, ritmos y capas, pero sin renunciar a esos tres pilares que los hacen únicos: el funk, el club, el flamenco. Así, entre tientos y con la ‘Alegría de Vivir’ de Ray Heredia, el grupo abandona las tablas dejando algo más que un buen sabor de boca: una sonrisa en la cara, un alegre cansancio en el cuerpo, una paz profunda en el alma. De eso iba todo esto, ¿no?
No sabemos si el turista del estrafalario sombrero llegó hasta la medianoche en Plaza de España, si también sintió ese pellizco en el pecho. Puede que sí: porque aunque pareciera que esto iba de Andalucía, en realidad todo esto iba algo mucho más universal: la autoestima, la familia, el barrio, lo humilde, lo colectivo, el arte. La alegría, la vanguardia y la revolución frente al odio, el purismo y la queja constante. Así que sí, es probable que el turista se quedara hasta el final, que conectara con lo sucedido en Plaza de España. Cuando el arte solo se preocupa de ser honesto es fácil que se te abran todas las puertas. Incluidas las de quienes no llegan siquiera a entenderte.