El artista sevillano, en la gira de su último disco (‘Libélulas’), pasa por la sala Malandar para ofrecer un concierto donde no solo repasa sus trabajos, sino también presenta sus nuevas canciones: ‘Pajarito de Origami’ y ‘Almendros del Japón’, acompañado de Dani Abad, Teto García y Webo Rodríguez
Brilla el anillo de nácar. Brilla el reflejo de los focos en la guitarra. Brilla el reloj dorado. Está todo a oscuras, pero hay un baile de luces en el escenario de la Malandar: la voz rasgada, la solería de los versos. Pero Antónimo no lo ve: él cierra los ojos al empezar el concierto y ya apenas los abrirá en toda la noche, salvo en contadas ocasiones.
Es curioso el nombre que se dio Antonio Manuel Ríos Sánchez —Antónimo— a la hora de sembrar flores nuevas lejos del frondoso jardín de Fondo Flamenco. Quería significar algo distinto, pero no hay que caer en la trampa de lo obvio: querer ser lo contrario a algo no quiere decir que uno sea bello y lo otro no. Es esa intención poética de las palabras la voluntad que abrió el camino. Uno que se apoya en el jazz, en el blues, en el flamenco, en la poesía urbana, en el recetario de lo cotidiano, y cuya cocción a fuego lento ha dado lugar a algo único.
Es 7 de noviembre. Tengamos eso presente, porque esto quiere decir que hace casi un año que se publicó ‘Libélulas’, el tercer disco de estudio de Antónimo. Sevilla anochece fría, pero no lo suficiente para achantar a los sevillanos. Antes de abrir puertas ya hay cola en la sala Malandar. Puede que no sea un sold out, pero eso dice más de la capital hispalense que de Antónimo. Por lo que significa ‘Libélulas’ y todo lo que lleva labrado el artista hispalense en una década. No, no es un jardín podado; es algo más salvaje, más libertario, más caudaloso.
Las historias que se escriben de los conciertos suelen ser planas, como muchos de ellos. ¿Amables? Es posible. Hay historias que no se cuentan y que merecen luz, y otras que se quedan a oscuras a propósito, porque no merece la pena enseñarlas. Esta historia brilla. Es luminosa. Por eso, mientras un grupo de amigos canta con ímpetu ebrio los versos de Antónimo a las puertas de la Malandar, hay un periodista joven —pero astuto— que le dice a otro ya no tan mozo —ni tan avispado—: Creo que Antónimo es el mejor letrista de Sevilla. El otro periodista asiente, apunta: ahí empieza la historia. ¿Lo es? Es la pregunta.
Brilla el anillo de nácar. La guitarra. El reloj. Antónimo toma el centro del escenario. Le acompañan Dani Abad al contrabajo, Teto García a la percusión y Webo Rodríguez a los teclados. Pasan las 21:40h y empieza a brillar, también, la música. La poesía. ¿Conocen ustedes la barriada de Los Pajaritos? Po allí nació mi mare: calle Estornino número 20. Así comienza la noche en Sevilla: desde Sevilla. ‘Estornino 20’, que forma parte de su último trabajo, no solo establece el tono de la velada, sino que también resume el pálpito de ‘Libélulas’: la persistencia identitaria, la continuación del arcén hacia el carril y la vereda.
La bondad del caballo / me viene de ti. / Barriada de las inmortales / baila por la mañana / porque eres agua. Antónimo aprieta los ojos y ya no los abre. Juega con su voz, la lleva al quejío, luego al repiquetejo del jazz. Es un vaivén constante. Los párpados arrugados, las cejas tensando el rostro. Las manos al aire. Aprieta fuerte la voz, más fuerte el verso. Le sigue ‘Canción de amó’, de ‘La Psicodelia de la Virgen del Patrocinio’, su segundo disco y, tal vez, el que le dio un mayor empujón en esto que hacen llamar la exposición pero que no necesariamente —e irónicamente— tiende a significar que te vean.
Manitas de porcelana / rostro de seda / risa de duendecillo. Antónimo imposta una carcajada de cuentacuentos. El formato que trae a la sala Malandar es más que efectivo, es fluctuante y flexible. Entre el ensayo y la estructura, hay una soltura en la melodía que deja espacio a los músicos para que pincelen su personalidad. Algo que se agradece como público: que lo que se presenta desde la melodía y la letra tenga un acompañamiento con intención y voluntad de proponer algo y no de servir simplemente de sostén.
Antónimo abre los ojos, habla al público. Da un trago al botellín de Cruzcampo. ‘El Pimentón’ sirve para retomar la poesía, volver al primer disco, al origen de todo esto. Suena un poco más juguetón que en el disco, más florido en el timbre y en las cuerdas. Luego llega ‘Sana’ y Antónimo pregunta al público si están bien. ¿Pero estáis bien de verdad? Un tipo grita: ¡Salud! ¡Salud y libertad! Antónimo sonríe. En la vida a veces hay que sanar, dice, o por lo menos hacer por ello. Y esta canción es para eso: para seguir adelante. Yo lo recomiendo. Cuesta trabajo, mucho trabajo, pero es muy recomendable.
Brilla, sigue brillando. También el baile de Antónimo con la guitarra. Y aunque a veces la canción no lo precisa, Antónimo juega con el público: amaina con tocarla. Ojos apretados —no nos ve—, mientras el público hace todo lo posible por no perderse un segundo. Una mujer, de hecho, quiere entrar al baño, no puede más, pero cada vez que Antónimo se acerca al micro, ella sale a la puerta a mirar. Ojos cerrados, apretados. Ella aprieta la vejiga —un poquito más—.
El chachachá de ‘Camino de la Alameda’ arritmia la noche. El pulso sube, los pies se mueven, las caderas lo intentan. Traum-tiqui-teque-teque-taum, remata Antónimo, delantero centro del scatting —«tarareo» en sevillano—. ¿Ustedes saben la que viene ahora, no? A mí el antónimo de azul siempre me ha parecido rojo. Así introduce el artista sevillano su tema homónimo, ‘Rojo’, en otro de esos pocos momentos de ojos abiertos. Y en ese juego poético que propone la canción (Azú, to lo bonito es azú. Azú es el flamenco y azú eres tú), Antónimo se lanza a ‘Várgame Dio’ con Webo brillando al teclado: Y vomité flor en er campo hondo / canción de jazz, en inglés, no.
Con ‘El Indio’, Antónimo y los suyos vuelven a evaporar las revoluciones con otra atmósfera rítmica, una más etérea. El público sigue dentro, atento, mirada fija a lo que sucede. Antónimo mantiene los ojos cerrados, prietos, las manos abiertas. Brilla. Brilla. Brilla. Entre ecos, Webo, Teto y Dani imitan los cantos indígenas, mientras Antónimo abre hondo el quejío como diciendo: hasta aquí también llego, esto también es mío. Le sigue ‘La Psicodelia de la Virgen del Patrocinio’ y los móviles se alzan al aire. El público canta junto a Antónimo al unísono: Vino de pasa y naranja. / Sevilla luna de plata. / ¿Dónde están tus duendes muertos y los gitanos de la Cava? Y alguien grita entre las primeras filas: ¡En Triana! Herencia divina.
Llega el ecuador de la noche y Antónimo toma aire, mira a su público y confiesa: Esta canción cuesta un poquito, pero os la vamos a cantar. Es ‘El Melómano’, tema dedicado a un amigo que perdió el artista sevillano antes de la salida de ‘Libélulas’ y que en Sevilla se escucha con un nudo en la garganta: Y yo prometo guardarte / siempre a la verita mía. Con ‘Libélulas’ sigue la noche: ‘Cachita’ mantiene el masticar lento de la poesía. Teto y Dani forjan un tándem rítmico exquisito, elegante. Una pareja baila abrazada a la puerta de los baños, de espaldas a Antónimo. Él aprieta los ojos; ellos también.
Brillan las canciones viejas y las que acaban de llegar. El público canta con firmeza y de memoria cada verso de ‘Todo está bien’, quizás respondiendo a la pregunta que aquel periodista apuntaba en su libreta: ¿es Antónimo el mejor letrista actual de Sevilla? Brillar, brilla. Mucho. Todo el rato, vamos. Mira / nadie va a joderme este momento / te lo juro por todos mis muertos / que levito sobre aquella flor. Que responda otro a esa pregunta, otro que lo necesite. La historia no era esa, sino que con sus letras, con su camino, con su verso asalvajado, alguien llegue a pensar y a plantear la posibilidad. A convertirlo en una opinión, en una creencia. Brilla, brilla.
¡Antónimo! ¡Antónimo!, corea el público tras la canción. ¡Bueno! Ahora os vamos a contar una milonga, responde el artista, antes de lanzarse por ‘Demencia juvenil‘, empujado por los dedos de Abad al contrabajo. Farándula / prefiero quedarme contigo. El encuentro entre la milonga y el bidi-badi-boo. Como dijo recientemente Jorge Drexler, todo entra por milongas. Y es en esa hermandad, en esa mezcolanza, donde Antónimo encuentra, luminosa, su identidad como artista.
‘Caballo de Triana’ entra dulce a estas alturas de la noche, pero pronto —y disculpen la falta de esfuerzo al escoger las palabras— se aventura al galope. Al principio contiene la fuerza, prieta. Prieta entre los ojos, en la garganta. Y luego la suelta para que golpee con más brío. Ella sola / va floreciendo como los campos de amapolas. Parecía que la noche acababa aquí, así, pero no: el cuarteto llama a la puerta de la sorpresa con ‘Pajarito de Origami’, uno de los lanzamientos más recientes de Antónimo y, probablemente, una de sus mejores canciones.
Guitarra eléctrica en mano, Antónimo quiere más . Así que regala al público otro de sus singles más recientes, ‘Almendros de Japón’. La poesía coquetea con el rapeo, ¡ishhh!, por poco, vuelve, va y viene. Antónimo brilla, porque es un bichillo en busca de la luz. Sabe encontrarla. No se queda estanco, busca otros colores, otro tintineo, pero con la raíz en la boca: La nobleza de un caballo blanco. / En los ojos la gracia de Dios. / Te proteja la Virgen de los Dolores. / Amor.
El público pide otra, por supuesto. Antónimo y los suyos ofrecen ‘Lo Antinatural’ y ‘Luxine’. La primera de ellas, de su primer disco; la segunda, la canción con la que se dio a conocer bajo este nombre, en este camino. Desde entonces han mudado ya las pieles varias veces. También él. Todos en realidad, claro. La noche termina y Antónimo abre los ojos una última vez, quizás para comprobarlo. Las luces se encienden. Esa es la historia, al final: que al escuchar las canciones, cuando cierres los ojos, haya algo ahí centelleando. Una luz. ¿Será mejor, será peor? Brillar, brilla.