Las Tanxugueiras inauguraron este miércoles el Festival del Patio de la Diputación de Sevilla con un concierto en el que presentaron ‘O cuarto’ y reivindicaron, ante un público entregado, la fuerza cultural y política de su folclore.
Hoxe todo amaina. Cae la tarde con un viento fresco que va silbando estas palabras por las esquinas de Sevilla. Hoxe todo amaina. La calor, por supuesto —¡ya era hora!—, pero también otras cosas. Algunas más abstractas, más arraigadas, más peligrosas. Todas ellas importantes. Todas ellas amainan (o amainarán). Ese es el mensaje que queda en el aire cuando termina el concierto de las Tanxugueiras en el Festival del Patio de la Diputación de Sevilla, a eso de las diez y cuarto de la noche.
El grupo galego —Aida Tarrío y las hermanas Olaia y Sabela Maneiro— fue el encargado de abrir esta edición del festival en su enclave más urbano, el Patio de la Diputación. Y lo hizo un miércoles, con todo vendido. Las Tanxus venían a Sevilla en una «cita muy especial», como reconocía al micrófono la propia Aida al comienzo del show, para presentar el que es su cuarto álbum de estudio, ‘O cuarto’. Un trabajo que viene no a confirmar, sino a consolidar una propuesta única [y necesaria] en la escena española: una que mezcla respeto por la tradición, amor por la raíz y una curiosidad vanguardista. Todo ello, ejecutado con muchísima elegancia, gusto y talento.
El primer pellizco en el pecho llega al apagarse las luces: las tres galegas aparecen sentadas bajo los focos, con sus panderetas, rodeadas de tres coristas y pandereteiras del grupo AdeLina—Saínza, Paula y Sofía—, acompañadas de Iago Pico a las percusiones y por Carlos Barcia a la guitarra, teclados y sintes. Hay una solemnidad de rito cuando el grupo abre la noche con dos cantes tradicionales: las muiñeiras de Mangüeiro y de Beariz. Desde el centro del escenario, las voces de Aida, Sabela y Olaia se van cruzando en forma de trenza. Latas de pimentón, azadas, panderetas: los latidos del público poco a poco se acompasan con el ritmo que marca la percusión. Suben, suben, suben. Hace frío, Sevilla está fría, frío está el público, pero todo pasa, todo amaina, incluso esa rectitud: al final de la noche, Sevilla y Galicia serán una sola.
El primer tema de la hornada de ‘O cuarto’ en la noche es ‘metal mollado’, que sirve para establecer el pulso del show. Las Tanxus, ya de pie frente a su público, bailan, jalean, saltan, mientras se encargan de mantener la altura vocal sin descuidar ni una sola nota. Con ‘na noite’ y ‘eaea’ la noche se enciende y Aida bromea: «Os hemos traído el fresco a Sevilla». El espectáculo está dividido en tres bloques principales, con tres espacios para cada una de las Tanxus, un cierre y, por supuesto, unos bises.
El segundo capítulo de este show lo abren ‘Pedindo perdón’ y ‘Seu eco’. Las letras de las galegas parecen conectar con algo antiguo, algo pagano que vive aletargado en nuestro interior, una fuerza que solo responde ante ciertas palabras: noche, río, vientos, tierra. No es por tópico, sino por la fuerza del concepto, pero por momentos uno tiene la sensación de estar presenciando un verdadero aquelarre. Hay algo poderoso y ancestral, algo que roza lo mágico, en la conexión que buscan (y encuentran) las Tanxugueiras con su música y su público. Algo que sucede en otro plano, que nos hace calibrar la relevancia de lo importante, la levedad de lo nimio, la fugacidad de lo caduco.
Es lo que ocurre con ‘Chorar chorei’ y, sobre todo, con ‘Río verde’. Sí, hay una parte de aquelarre, ese ritual bajo el que se conjura una luz que nos guía y nos acompaña, pero también hay otra parte más mundana y terrenal, más bailable, más coreable, y ambas coexisten en un equilibrio perfecto. Tanxugueiras atesora una fórmula arcana para trenzar los beats, los sintes, incluso los ecos de la distorsión, con el compás antiguo de las xotas o las muiñeiras.
«Es especial estar en Sevilla y traer nuestro folclore», dice Sabela al público, en el segundo impás de la noche. «Tenéis un folclore muy potente que amamos, pero también queríamos enseñaros el nuestro, uno que también amamos con nuestra vida». La artista galega, además, avisa de que llega una de las canciones más especiales de la noche: «Una que habla de nuestra tierra, de nuestra cultura y nuestro idioma, que son como nuestras madres, hay que cuidarlas, abrazarlas y tratarlas con cariño».
Y esa es precisamente la clave de todo esto. Del conjuro. Del aquelarre. Del show. De la música, del arte, de la noche. El preservar el cuidado, el cariño, el respeto. Fomentarlo, divulgarlo. «Hoxe mañá e sempre», dice, antes de lanzarse a por el tema del mismo nombre —tema que, por cierto, comparten con Valeria Castro, otra de esas artistas que reivindican la amabilidad y el cuidado como la verdadera revolución—.
Sobre el escenario, las pandereteiras se posicionan tras las Tanxus, trenzando sus pelos. Aida, Olaia y Sabela cantan pegadas, se rozan, se agarran, se entrelazan. Son todas un mismo cuerpo, las tres, las siete, los presentes. La misma idea que ya cantara Carmen Xía, o que llevase a las tablas de la Bienal Ángeles Toledano: la misma sangre, el mismo cuerpo. ‘Era yo‘, ‘As que tiñan que estar‘, ‘Rondallas, ‘Quen é a que canta?‘, ‘Midas‘, ‘Figa‘. La parte final del show es poderosa, pero no descuida el mensaje: «Hay que ser agradecidos, es importante el agradecimiento, por eso queremos que hoy, aquí, penséis en esa persona a quien estéis agradecidos y que, si podéis, porque esté aquí, la abracéis y la beséis».
Las galegas van de blanco, las pandereteiras de negro. Todo es simbólico y a la vez evidente. Hay agradecimiento y redención, pero también hay fiesta. Tanta, que incluso el frío parece haber quedado atrás. «No, si voy a pasar calor y todo», dice Aida, agarrando un abanico del suelo. La galega pasea, posa con él, el público aplaude. «¿Quieres un poco?», le pregunta a Olaia. El público lanza unos oles. Ellas dan algún que otro pase. «Tiene poderío el abanico, ¿eh? Mola moito».
Es el momento de Olaia, que así se lo hace saber a sus compañeras: «Ponedme el foco cenital, el cenital», pide, ante la risa de los presentes. «Nuestro disco ‘O cuarto’ habla de pasar una mala etapa, de transitar por ella como quien transita por la noche. Es como una terapia en grupo llena de poesía y de canciones. Lo que queremos decir es que si alguien pasa por un mal momento que sepa que no está solo, que se sale, que sabemos que se pasa muy mal».
La noche termina con ‘Non cala’, ‘Terra’ y los bises de ‘Mentes brille’ y ‘Encadear’, antes de lanzarse por ‘Todo amaina’ a capella. A solas, con su público, con sus voces, tal y como empezó la noche. Porque todo empieza, todo acaba y todo amaina. Incluso la fiesta. La gente palmea, baila como puede, como sabe —en Sevilla todo cabe por palmas—; hay niños bailando con sus padres, incluso haciendo dub con los ritmos de ‘Non cala’.
Vivimos tiempos oscuros, mal que nos pese. Y las Tanxugueiras llegan a Sevilla tras sufrir una situación muy dura en Palencia, donde unos fascistas intentaron boicotear su actuación. Ellas respondieron al día siguiente con un mensaje claro, el mismo que va implícito en sus canciones: más amor, más respeto, más cultura. Hoy en día estar en un escenario, tener un altavoz, ser artista, conlleva una responsabilidad social y política, a veces no deseada. Pero es así. Venimos de presenciar el bochornoso espectáculo de Ed Sheeran y su silencio cómplice frente al genocidio en Palestina, primero, y a la censura de sus compañeros de gira, después.
Por eso, presenciar un concierto de Tanxugueiras no solo tiene un significado —político y social—, sino también una consecuencia personal: algo que sucede por dentro, que lo remueve y lo cambia. Muchas cosas encuentran su cura y su solución escuchando a artistas como ellas. En conciertos como este uno tiene la certeza de haber encontrado una paz interior muy concreta: esa que se siente al saber que la esperanza no es un fuego del que tan solo quedan rescoldos, sino que está más vivo que nunca. Anoche las galegas nos abrieron las puertas a un cuarto lleno de colores, un lugar donde cabemos todos, incluso los de mente estrecha. Sobre todo ellos. Todo amaina. También ellos lo harán.